8.6.11

Buenas noticias en un oficio ingrato

El mío es un oficio ingrato. Como tantos otros, supongo. Trabajar como un castigo de Dios. Cuando las cosas van mal, la culpa es siempre de la gente como yo. Cuando van bien, por el contario, el cliente, que para eso nos paga con el dinero de todos, se arroga todo el mérito y nosotros quedamos encerrados en un discreto segundo plano. No me quejo. Es el negocio. Es la vida.

Pero de vez en cuando, algún cliente asume que trata con personas y se lleva uno gratas sorpresas. Ayer estaba en Burgos. Era media mañana. Sonó el teléfono. Desconocido. Una voz familiar. Amigo, soy Pepe. Un proyecto realizado hace seis años. De hecho, ahí empezó esta bitácora. Un buen equipo, con mi cartapacio favorito al frente de una de las secciones. Una alegría. Cómo te va, dónde andas. Cuánto tiempo. Nada, me ha dicho el gerente que te llame. Queremos hacer un tema y nos gustaría que nos dieras presupuesto. Seguimos hablando. Hay un tono melancólico en su voz, y quizá también en la mía. El tiempo no pasa de balde. Para nadie. Lo pasamos bien y aprendimos mucho, me dice. Aún recuerdo esas sobremesas oyéndote hablar del Quijote y del de libertad de Berlin. Me emociona su recuerdo. A veces, pienso que sólo soy alguien pesado que cuenta cosas que a nadie interesan. Aquellos viajes de lunes a jueves. Más de cuatrocientos quilómetros para ir y los mismos para volver. Aquellos paharillos, Aquella arbequina. Era 2005. Lo único malo es que había gente que yo aún no conocía pero que ya se iba escapando de mi vida.

Aquella primavera y aquel verano trabajamos mucho. Jornadas hasta las nueve de la noche. Pero mereció la pena. Hicimos un buen trabajo. Y alguien, tantos años después, no sólo se acuerda del trabajo sino, lo que es mucho más importante, de las personas que lo estaban ejecutando.

Un placer volver a oírte Pepe.

2 comentarios:

Javier Ruiz dijo...

Me has puesto una sonrisa para el resto de la tarde.
Para todos tus lectores, una aclaración. El jefe de proyecto de aquel equipo se le ocurrió citar en la presentación de los resultados finales al Quijote afirmando que los proyectos de consultoría no son como el bálsamo de Fierabrás, capaz de curar todas las dolencias del cuerpo humano.
En aquel momento, pensé que el cliente nos echaba al cuello. Cuando terminó la presentación, fue la única vez que he visto que una junta directiva al completo aplaudía al consultor que hacía la presentación.
Desde entonces y cada vez que he tenido la oportunidad de contar esta anécdota en un curso, les recuerdo a todos los alumnos la importancia de conocer al auditorio y adaptar el discurso a los clientes.
Gracias por haberme enseñado tanto.

Tío Chinto de Couzadoiro dijo...

Así es la vida, sí señor. Ni más ni menos.