7.7.08

De griego, intercambios, refugiados y fantasmas

Estaban llegando las naciones modernas. Estamos en 1923. Y el mar negro era un ente extraño en aquel mundo que aterrizaba. Allí estaba Trebisonda, una ciudad griega en la ribera. Una más de las colonias del Ponto. Durante décadas. Durante siglos. Acabó la Gran Guerra, y en 1923 se produjo una de esas salvajadas con las que sueñan nuestros nacionalistas periféricos. Se produjo “el intercambio”. Más de un millón de seres humanos de identidad griega fueron obligados a dejar sus casas y dirigirse a ¿Grecia?. Más de medio millón de seres humanos de identidad turca fueron obligados a dejar sus casas en ¿Grecia? e instalarse en lo que hoy conocemos como ¿Turquía? Los griegos del Ponto “volvieron a casa”. Una casa en la que nunca habían vivido y de la que habían salido sus antepasados hacía más de dos mil años. Grecia, que en realidad era para ellos un país extraño, en muchos sentidos. También en el idiomático. Algunos optaron por ir a la Unión Soviética, y para ellos todo fue peor aún.
Con estas historias sueñan los nacionalismos. Los seres humanos como ganado fácilmente identificable e intercambiable en función del tamaño de la pezuña o de la lengua. Y una vez que todos están en casa, que no se mueva nadie. Una vez alcanzado el paraíso, la nación entra en un limbo estático del que ya no habrá de moverse.
En realidad no hemos aprendido nada. Y
Kosovo es un buen ejemplo. Uno más, en la larga lista de Estados nuevos creados a lo largo del XIX y del XX: de Grecia a Irlanda, de Hungría a Polonia. Ninguna con sus fronteras soñadas. Todas oprimidas por Imperios. Con mucha emigración. Algunos volvieron luego. Pero ya nada era lo mismo. El descendiente de polacos que va a Varsovia habla un polaco antiguo, difícilmente inteligible por un polaco actual. Los umsielder alemanes. Una patria a la que volver que sólo existe, como Sanabria, en la imaginación de quien la nombra.
Señala también Ascherson, con tino, que en el XX, en este sentido, la palabra refugiado, suele ir acompañada de un gentilicio (palestino, bosnio…). Se supone que el refugiado tenía un pueblo y lo había perdido. Todos errantes en busca de la casa. Pero, dice Ascherson, no siempre fue así. Y no tuvo porqué haber sido así. Y es que los emigrantes gaelicohablantes que fueron a las montañas canadienses se consideraban emigrantes, no refugiados Igual que los pastores vascos en los Estados Unidos.

PS: Soren Kierkegaard escribió una vez: “Un hombre vivo dejará de hablar en algún momento. Pero una vez que un muerto comienza a hacer oír su voz (en lugar de guardar silencio, como es habitual), ¿quién podrá obligarlo a callar?”

2 comentarios:

Anónimo dijo...

El facha de verano ataca de nuevo. Perdiu no te cansas nunca, eh?

Joao dijo...

Anónimo, me empieza a apasionar algo tuyo, por mero interés científico:
¿como consigues ser tan obtuso?, ¿como no te inquieta saber algo mas?
Eres un tipo que maneja internet y muestras el mas profundo desprecio por saber más. No has querido buscar donde está la hermosa ciudad de Trebisonda, una ciudad que de no ser este blog, yo solo la ubicaba en los cuentos ifantiles.
De veras, te voy a proponer para la Beca Luis Rojas Marcos, a ver que se puede hacer.
Por cierto, espero que Perdiu nunca se canse de escribir, denunciar, enseñar, culturizar, contrastar, abrir, investigar, proponer, es una delicia para muchos este blog. Ánimo