7.5.08

Melancolía, o cuando sólo hay una manera de aplacar a un espíritu

Melancolía. Cuántos crímenes se cometen en tu nombre. Cuántos desatinos. Una se asoma tras el espejo de la modernidad y allí la encuentra. Fantasmas que hablan, viejas que pasan llorando. Nostalgia de cuando éramos más jóvenes. Nostalgia de un pasado que nunca fue como lo imaginamos y que, es más, nunca será como lo suponemos.
Es la melancolía la que nos dice que hay lenguas en
peligro de extinción, como si las lenguas fueren seres vivos y no puras y simples herramientas de comunicación.
La metáfora como obscenidad.
Es la nostalgia la que nos impele a recuperar
los juegos de nuestros antepasados, como si un juego no fuera otra cosa que un divertimento. La que nos hace recuperar bailes sin sentido porque ahí el mundo era más puro, no había jornada laboral y todos éramos más felices.
Pero todo es mentira. La clave está en lo que diferencia a la melancolía del duelo. Si en este hay una pérdida objetiva, en la melancolía dicha pérdida no tiene porqué ser real.
Por eso, muchas noticias, como
la que trae hoy la prensa, sólo pueden entenderse desde la melancolía. Sólo en un estado melancólico puede entenderse que una Administración, ese ogro a veces filantrópico que pagamos con el sudor de nuestra frente, se permita el lujo de multiplicar por doce el valor de conocer una herramienta de comunicación frente a lo que aporta la educación superior. Y en un ámbito como la medicina, nada menos. Por ejemplo: valorar cuatro veces más el hablar una lengua que no conocen ni la mitad de los potenciales pacientes antes que haber escrito una tesis que llevara por título: “Análisis morfológico y funcional de la capa de fibras nerviosas en glaucoma”. Y yo le pregunto, desocupado lector, aunque no sé si querrá constestarme; si usted padeciera glaucoma, qué preferiría, que le atendiera antes la persona que hizo esta tesis, aunque no hable la lengua minoritaria del país, o que le atendiera alguien cuyo mérito fuera hablar esa lengua minoritaria.
Yo lo tengo claro.

PS: “He aquí los espíritus a quienes he resucitado estas Pascuas, los espíritus de los muertos que nos han legado a los vivos sus esperanzas. Los espíritus son seres molestos para tener en casa o en la familia, ya lo sabíamos aun antes de que Ibsen nos lo enseñara. Sólo hay una manera de aplacar a un espíritu. Hay que hacer lo que nos pide. A veces los espíritus de la nación nos piden grandes cosas y hay que aplacarlos a cualquier precio”.
Patrick Pearse, en la navidad de 1915.

PD: lecciones
de ética al contado. Así es nuestra socialdemocracia.

3 comentarios:

Jorge Castrillejo dijo...

Pues preparaté que viene curvas.

Clausius dijo...

Pues con esto será como en la educación: las leyes, para la plebe. A estudiar en catalán mientras las niñas del Presidente de la Generalidad van al colegio alemán. Si la clase dirigente socialista debe ir al médico, ya sabes, a uno de pago, con prestigio, y que les atienda en español al ser posible. El resto del mundo, ajo y agua. Pero merecido lo tienen, es lo que han votado, allá cada cual con sus responsabilidades.

Anónimo dijo...

Tremendo.