18.3.12

A vueltas con The Wire (y III, de momento)

La tercera temporada de The Wire, otro placer para el espectador. La narración de la corrupción política. La dificultad de perseguir a los traficantes, la posibilidad de legalizar las drogas. La podredumbre municipal y el blanqueo de dinero. Y en lo profesional, esas reglas que sólo se conocen dentro de cada uno de los ámbitos profesionales: la presión de los resultados, las personas a las que uno puede torear y las que no. Las lealtades eternas que duran unas semanas. Las reglas no escritas son las más importantes. Sin ellas, uno no entiende nada. Y de fondo, como en una tragedia, dioses indiferentes a nuestros sufrimientos y que nos rigen los destinos mientras disfrutan haciéndonos caer una y otra vez. Lo que Mi Coronel y yo dimos en llamar, una noche de Japo eta Patxarana “elputomonoborracho” no es más que un dios griego tamizado por la postmodernidad. El destino marca, también en The Wire, la evolución de los personajes, unos personajes complejos, a los que asaltan dudas similares a las que nos asaltan a todos: la dificultad de ser leal a quien no lo es contigo, la imposibilidad de salir del agujero en el que uno se halla. El horror de la etiqueta que te persigue: si eres un ligón empedernido no puedes ser inteligente; si eres un delincuente no puedes estudiar empresariales...

Los matices convierten a la serie en algo parecido a ese delicioso Cabeza de Cuba de Liberalia: un festival para los sentidos, ya que cada capítulo descubre uno algo nuevo.

Hágase con ella, desocupado lector, es fácil y no es muy caro; en la FNAC, en el Cortinglés o en Amazon. O donde quiera. O pídasela prestada a un amigo. Pero no la robe. Robar es un delito. Y no es ejemplar. Nada ejemplar.



PS: Ese Rawls, tan directo, tal claro, tan certero: “Let’s be clear, Det. Freamon. When I fuck you over, you’ll know it. You’ll be so goddamn certain, you won’t need to ask that question

17.3.12

Un rally

Empezaba a finales de la semana pasada el rally del cumpleaños y me doy cuenta que hay regalos que le tocan a uno la fibra. Y lo hacen darse cuenta de los estúpidos que son los prejuicios. Yo los colecciono, demostrando que no soy tan listo como la gente cree. Uno de ellos está relacionado con los musicales. Siempre los he despreciado. Quizá porque soy más castellano de lo que pienso. De esa Castilla que “envuelta en sus harapos / desprecia cuanto ignora” como cantó Machado y un día, paseábamos bajo los buitres, me enseñó Hornuez. Así que, como regalo de cumple, me llevaron a ver uno. El de Sabina. Joder, y me emocioné y todo. Casi hasta lloro. Me di cuenta, además, de que hay cosas que van ligadas a nuestro ethos generacional; hay canciones que forman parte de nuestra vida y que no olvidaremos ya nunca. Canciones de una época que recitamos de memoria aunque haga años que no las oímos. Canciones que nos traen al recuerdo personas, momentos y olores. Ventanas a vidas que ya no comprendemos porque las vemos como si fueran una película de cine mudo. La historia del musical es interesante, aunque previsible, y está muy bien interpretada. Pero sobre todo, qué delicia oír las canciones. Qué delicia ver que no he olvidado ninguna, aunque hace años que ya me da pereza oír la bardo de Úbeda, ahora que se ha vuelto el rey de la corrección política. Qué viaje a los catorce años, con aquel hotel dulce hotel. Qué viaje a los veinte. Qué viaje a los veinticinco. Que viaje a la vida que me hizo ser quien soy. Un jugador honrado en este mundo de tahúres que nunca recurre al engaño para conquistar el objetivo, ya sea este una Dama o cualquier otra cosa. Quizá por eso pierde. Siempre. O no.

Qué gran regalo, vive Dios.

PS: en la Sanabria. En casa

16.3.12

A vueltas con The Wire (II)

Hablaba el otro día de The Wire. Devoré la segunda temporada, con la corrupción en el puerto de Baltimore como telón de fondo. Si la primera temporada es buena, la segunda mantiene el nivel. Ahora el foco gira hacia el puerto. Y allí, todas las lógicas enfrentadas de la postmodernidad: la reconversión industrial, la nostalgia del cuando el mundo era un puerto, la ausencia de futuro, el vaciamiento de las grandes ciudades, la degeneración del tejido social, la pérdida de poder de los grandes sindicatos. Es fascinante, además, observar cómo las lógicas de la emigración, tan premodernas, se mantienen: polacos aunque hayan nacido en los Estados Unidos. Orgullosos de su fe y de sus raíces. Lo mismo pasa con el taxi en Madrid, y a mucha honra, pero con zamoranos en vez de con polacos. La lógica del reconocimiento del otro; en un mundo lleno de desconocidos, como es el mundo urbano, la necesidad y la ventaja de re-conocer al otro sin saber quién es. A ti no te conozco, pero conocí a tu padre y era un buen hombre. La serie es compleja: la corrupción, que todo se lo come. Un equipo hecho a retales. Ese patético Ziggy, con la frustración de ser un desequilibrado por ser el hijo y porque nadie te toma en serio. Una temporada magnífica. El penúltimo capítulo es sencillamente una obra de arte. Acaba y uno no puede resistir la tentación de poner el siguiente de inmediato. Y el último, un cierre redondo. Con ese griego que dice con voz cansada: pero si ni siquiera somos griegos mientras recoge el chiringuito. La modernidad también era esto, desocupado lector.



PS: Mario Vargas Llosa escribió, a propósito de la serie: “Aunque tiene el clásico esquema de una confrontación entre policías y delincuentes, The Wire rompe a cada paso ese maniqueísmo mostrando que, en el mundo en que transcurre la historia [...] hay buenos y malos entreverados y que en muchos casos la bondad y la maldad coexisten en una misma persona por momentos y según las situaciones. Lo único que queda claro, al final, es que, en aquella sociedad, casi todos fracasan, y, los pocos que tienen éxito, lo alcanzan porque son unos pícaros redomados o por obra del azar”.

15.3.12

¿Y si todos fuéramos una ciudad sobre la colina?

La ejemplaridad. Poder decir, mirando de frente, “yo, no”. Abre uno el BOE y no tiene más que ganas de llorar. Antes y ahora. Antes, el gobierno indulta sin rubor, y sin explicación, a un banquero, condenado por acusación falsa en una sentencia demoledora y con poco margen para la lírica. Profesión para la que en algún momento se exigía ser honorable...

El otro día, un tal Servitge. Había sido Secretario General de la Consejería de Trabajo en el gobierno catalán. Para el que no lo sepa, el Secretario General en un gobierno autonómico equivale a un subsecretario en la AGE. El hombre que todo lo ve. El hombre que todo lo decide. El guardián de la caja. La consejería era de Unión, el partido dizque bueno en la coalición de chapapote que dirige Cataluña. A su lado, un tal Lorenzo, uno de sus conmilitones, militante del partido. La justicia los condenó por ladrones. Se les indulta. Sin más explicaciones. Habían malversado caudales, en un país en el que la corrupción es siempre cosa de charnegos. Pero no nos dan explicaciones y yo me pregunto ¿Acaso está orgulloso el gobierno del comportamiento de estos dos delincuentes?

¿Explicaciones?, para qué, no las merecemos. Nuestros gobiernos piensan que somos súbditos a los que no hay nada que aclarar. Lo pensaba el de antes y lo piensa el de ahora. Siempre he creído que cuando un gobierno indulta a alguien tiene que explicar con mucha claridad porqué lo hace. Iluso de mí.

Mi corolario es que Telecinco no es la causa de toda esta podredumbre moral que nos corroe. No. Telecinco es la consecuencia.



PS: Sobre el magnífico libro de Javier Gomá alguien escribió: “La responsabilidad del ejemplo concierne a todos los hombres por igual, pues vivimos en una red de influencias mutuas de la que no podemos escapar. Pero es indudable que esa responsabilidad pesa especialmente en las personas públicas”.

14.3.12

A vueltas con The Wire (I)

The Wire. Quizá una de las mejores series de la historia de la televisión. Una vez estuve en Baltimore. Apenas un día. Era otra vida y yo iba buscando la sombra de Allan Poe y de la generación perdida, en vez de ir siguiéndole la pista a Rawls. Uno de esos viajes que hacer, lo veo en perspectiva, con pereza. Con cierta pereza. Recuerdo el puerto, por el que patrulla McNulty durante la segunda temporada. Recuerdo el extrarradio decaído y terrible. Las mismas escenas de la serie. Sólo había que pasear por allí para darse cuenta de lo acertado de la política de tolerancia cero. Una salvadoreña nos daba el desayuno y allí estábamos, rodeados de white trash y de negros empobrecidos. La decadencia de algunas de las grandes ciudades de la costa este norteamericana marca el tránsito de un mundo atlántico a un mundo volcado hacia el pacífico. Toynbee y la teoría de la traslación de los imperios hacia el oeste. Kaplan lo contó hace muchos años en su viaje al futuro del imperio: ¿seguirán las dinámicas economías del oeste del país obedeciendo a las instituciones de la costa este? La serie, con Baltimore como velada protagonista, simboliza el ocaso del sueño de la Norteamérica colonial. El final de aquella ciudad construida sobre la colina...


PS: “Si anteriormente Norteamérica se había identificado con los designios de la Providencia, ahora, a medida que el curso del Imperio se dirigía hacia el oeste, incorporaba además el fin y la consumación de la historia

Greenfeld, Liah: Nacionalismo. Cinco vías hacia la modernidad. Madrid, CEPC, 2005. Pág. 559

13.3.12

Unpar de pelis...

Un par de pelis. Fuimos a ver El invitado. Gana solvencia Denzel Washington con los años. Es un magnífico actor, y su sola presencia ya justifica la entrada, excepto en casos terribles como el patético libro de Eli. La película es correcta, mucha acción, muchos tiros, muchos muertos. Malos muy malos y buenos muy buenos. De fondo, una traición, tan clásica en las pelis de espías. No es mi cine favorito, pero lo veo con gusto.

Nos acercamos también a ver Shame, en VOS. Un peliculón. Para ver en los Princesa, claro. Una película con fotogramas lentos, pero que no se hace pesada. Una obsesión: el sexo. Ni siquiera como liberación, sino como adicción. Una historia terrible, tremenda, de incomunicación y de soledad. Impresionante Fassbender, cómo consigue transmitir esa incapacidad mental del protagonista. Esa discapacidad para la comunicación. Esa soledad en la que todos vivimos y de la que a veces uno no consigue salir. Una película de esas que se quedan en la cabeza y va madurando. Las personas lo somos porque somos capaces de comunicar. De transmitir. Cuando de adulto uno deja de hablar empieza poco a poco a morir. Por eso, no dejar nunca de hablar. De expresar. De contar. La vida es una narración que sólo entenderemos cuando lleguemos al final del camino. Pero si nosotros no construimos la narración, alguien lo hará en nuestro lugar, y puede que no nos guste el resultado.

Buen cine.

12.3.12

A vueltas con los orígenes

Historias. Me las cuenta Manoluá, nuestro franco más querido. La búsqueda de las orígenes, como en el libro de Maaolouf que ando devorando El tío Francisco. Uno de los cuatro hijos del Perdíu. El mayor. Marchó al País Vasco. Ahora suponemos porqué, aunque hayan pasado ya más de ciento veinte años. Padre ha muerto, y madre. Una tragedia de la que conviene no hablar. Toca a los dos varones trabajar. Paco se va a Somorrostro, probablemente a las minas, a trabajar duro. No se olvidó de la tierra. Ni de la familia, por dios, cómo iba a hacerlo, era el hermano mayor. Mandaba envases viejos y hojas de lata. Su hermano Pedro iba a buscar los envíos a León. Quizá ahí empezó el negocio de ferretero. Las dos mujeres acabaron vinculadas a la Iglesia. Había que comer. Josefa marchó de ama con cura. Carmen se fue de monja. Durante la terrible guerra civil la sacaron desnuda los milicianos a la calle. Era religiosa y aquello era un delito.

No conocí a ninguno de los cuatro, claro. A Paco se le perdió el rastro enseguida, en cuanto a la memoria familiar, me refiero. Quizá uno de sus hijos muriera en las portillas en un accidente de tráfico antes de la guerra, pero esto tampoco está claro. En la familia se perdió su pista. No sabemos nada de sus descendientes, a los que imagino alejados de sus orígenes. Quizá haciéndose perdonar, tantos años después, un apellido tan maqueto como de Barrio.